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El pirateo de cintas de cassette en los 80

Cinta de casetteSi para un adolescente de los años ochenta el hecho de tener un radiocassete podría definirse como todo un lujo, tenerlo con doble pletina era ya lo máximo que se podía pedir, pues a partir de ese momento su afortunado poseedor/a tenía la capacidad de clonar cualquier cinta de cassete que fuera a parar a sus manos, incrementando así su "casseteca" particular así como la sus familiares, amigos y/o conocidos varios.

Mucho antes que Internet irrumpiera en nuestras vidas con programas p2p (compartición de archivos informáticos de usuario a usuario), en aquella época el tema de la piratería ya estaba a la orden del día haciéndose incluso campañas institucionales "criminalizando" aquellas personas que copiaban cassettes o videojuegos para microordenadores. No era nada extraño leer en las propias cintas originales mensajes recordando que la piratería podría considerarse un delito.

Pero seamos sinceros... Tanto entonces como ahora la mayoría de nosotros nos pasamos estos avisos por el forro. Es duro e incluso políticamente incorrecto reconocerlo pero así son las cosas.

Sucedía que si una persona había comprado una cinta original y por casualidad la prestaba a alguna amistad que tenía un aparato con doble pletina, al cabo de pocas semanas todos los chicos/as del pueblo y parte de comarca ya disponía de una copia de ese título en concreto. De nada servía la promesa del propietario/a del aparato de doble pletina en sólo reproducir la cinta para escucharla sin grabarla. Normalmente siempre se sacaba una copia y de esta se hacía otra copia para alguna que otra amistad interesada en ese nuevo álbum.

Eso si, a diferencia de ahora que una copia puede ser exactamente igual que el original gracias a la tecnología digital, en aquellos tiempos conseguir la máxima calidad podría calificarse de todo un arte. Evidentemente que preferíamos que la cinta se oyera lo mejor posible, pero si existían errores o ruidos indeseados tampoco era el fin del mundo. La calidad de la copia siempre era inferior a la original, acentuándose esto cuanto para realizarla se había utilizado una cinta antigua regrabada varias veces.

Y era justamente entonces cuando algo misterioso sucedía pudiéndose clasificar incluso con la categoría de psicofonía. Sorprendentemente en ocasiones y bajo grabación a veces se oía otra grabación anterior, notándose nítida especialmente en los espacios de silencio entre canción y canción. Es decir, podía muy bien ser que después del último hit de los AC/DC apareciera de fondo Manolo Escobar buscando su carro.

¿Y porqué sucedía esto? Pues simplemente porque en ocasiones nos olvidábamos de limpiar los cabezales o que simplemente el aparato de doble pletina era una auténtica castaña. También influía la calidad de las cintas, en ocasiones cassetes reagravados en multitud de ocasiones o incluso cintas de nuestros padres en desuso y aprovechadas para guardar música más actual. ¡La de cintas de la discográfica Belter que se llegaron a reciclar!

Sin embargo esto no era lo más significativo de todo, sino que a base de copias el ruido característico a fritura se iba incrementando. Una interferencia de fondo que para muchas personas se vinculó íntimamente con la música que les gustaba. Tanto fue así que cuando aparecieron los primeros discos compactos y su calidad digital, a muchas personas que compraron el disco original de un cassete que tenían encontraron en falta ese típico ruidito. Claro que el CD tenía mucha más calidad, pero faltaba el alma de este ruido tan particular.

Pero volvamos al asunto de pedir la copia del cassete a un amigo, pues todo este asunto en ocasiones podía tomar un aire misterioso, incluso me atrevería a decir que de mala película de espías.

En según qué casos primero era preciso pedir, casi rogar si la amistad no era cercana, que esa persona nos pasas una copia de último título del artista o grupo favorito. Después de sobornarlo con pasarle los deberes o intercambiar alguna otra cinta que le pudiera interesar, era cuestión de entregarle la cinta virgen como quien entrega unos documentos secretos. Si podía ser con nocturnidad y alevosía mejor.

Posteriormente teníamos que esperar algunos días o incluso semanas para que a esa persona le viniera bien grabar la cinta. Recordemos que algunos aparatos no disponían de sistema "dubbing" para copiar y encontrar aproximadamente una hora libre en la agenda de un adolescente de los años ochenta podía ser algo complicado. Dicen que ahora los niños estan agobiados con actividades extraescolares, pero en ese entonces también teníamos nuestros trabajos extras fuera de escuela; que si repaso, música, judo, karate o taekwondo los niños y gimnasia rítmica las niñas, informática, mecanografía, inglés...

Finalmente un buen día esa persona nos devolvía la cinta con la música tan esperada, aunque en este punto se podían observar dos tipos de personas: Aquellas que te entregaban la cinta y búscate la vida con las canciones o aquellas un poco más cuidadosas que incluso apuntaban las canciones grabadas al mismo cartoncillo que envolvía el cassette. En mi caso afortunadamente una buena amiga siempre lo hacía de esta última forma...

Pero cuidado que la cosa no terminaba aquí. En raras ocasiones la duración de cinta original completaban los sesenta, noventa o incluso ciento veinte minutos que podía tener una cinta virgen estándar, pudiendo encontrarnos con la sorpresa que esa persona además de la música pedida había completado la cinta con canciones que a ella le parecía que nos podían gustar. La intención era lo que contaba pese a que en muchas ocasiones no coincidíamos con los gustos de estos contenidos "extras". Curiosamente a medida de oírlos nos acababan gustando hasta el punto de pedir una nueva cinta con una copia de ese álbum entero.

Era así como tras una copia del "Brothers in arms" de los Dire Straits podía aparecer el último tema de Martita Sánchez y sus "Olé Olé", produciéndose unos emparejamientos bastante extraños de estilos musicales.







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Rayo: Como decía TricornioAzul, yo también recuerdo cuando empezando en el mundo de la informática (en mi caso antes del Spectrum, con un Commodore 64 que era básicamente un teclado pesado...), ya tenía yo que poner un punto de color (generalmente rojo, con un esmalte de uñas de mi hermana, jajaja), para marcar los cassettes del ordenador, y no confundirlos con los de música... ¡qué tiempos aquéllos!


Tricornioazul: Nostalgia pura destila este artículo. El rizo lo rizaba grabar juegos de Spectrum ZX y que funcionasen. Yo no se ni como encontrábamos luego el comienzo de cada juego si en una cinta de 90 te cabían unos 8 por cada lado. En fin, tiempos nada digitales.

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