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El coche eléctrico: Un invento del siglo XIX

Anuncio de coche electrico (año 1912)La alarmante falta de conocimiento histórico en muchas personas, alimentada intencionadamente por episodios cíclicos como modas o intereses comerciales del momento, provoca que en numerosas ocasiones se sorprendan al descubrir que el vehículo eléctrico no solo apareció antes que el vehiculo con motor de explosión, sino que su invención data de la primera mitad del siglo XIX.

Asimismo, es justo indicar que a inicios del siglo XX las ventas de coches eléctricos superaban en número a todos los otros vehículos, ya fueran alimentados por vapor o por derivados del petróleo.

Pero antes de iniciar el relato de los inicios del coche eléctrico, permita el amable lector/a que nos paremos un momento y aclaremos que en aquellos primeros años se entendía como coche cualquier medio de locomoción en el que se podían subir una o más personas y circular de forma autónoma por caminos o pistas. Por tanto le aconsejamos que se olvide de hacer cualquier comparanza con un coche actual.

La fecha oficial del nacimiento del primer coche movido mediante electricidad es bastante imprecisa, situándose esta entre 1832 y 1839 gracias a la iniciativa de un industrial escocés llamado Robert Anderson.

Este no fue el primer "coche" que se movería de forma autónoma, pues ya en 1712 el inglés Newcomen había hecho funcionar el primer motor de bomba impulsado por vapor, permitiendo a partir de entonces la aparición de carruajes movidos mediante ese sistema. Precisamente hay noticias que en 1893 ya circulaba un "autobús" (de nuevo se entrecomilla la palabra) impulsado por vapor y que hacia un trayecto regular.

No obstante, en esta historia tendría gran importancia el trabajo de los franceses Gaston Planté y Camille Faure que en los años 1865 y 1881 respectivamente mejorarían la pila eléctrica y propiciando la aparición de la primera batería recargable de la historia. Entretanto, mientras estos ingenieros mejoraban dicho elemento, en la Exposición Mundial de París celebrada en 1867 el austriaco Franz Kravogl presentó un ciclo de dos ruedas que equipaba un pequeño motor eléctrico. Poco más de una década después, en 1881 un inventor francés llamado Gustave Trouvé presentó un triciclo eléctrico durante la Exposición Internacional de la Electricidad celebrado también en París.

A destacar que en esos finales de siglo XIX la industria automovilística se encontraba enfrascada en la investigación y sobretodo mejora de nuevos sistemas de locomoción para sus motores, por lo cual en pocos años los tres tipos de motor (eléctricos, a vapor y gasolina) recibirían constantes mejoras que les otorgaría momentáneas ventajas por encima de sus competidores. Incluso diez años después de la aparición del vehículo movido con motor de explosión se seguía considerando el motor de vapor como más fiable y sobretodo más potente. En contra, pese a que también era muy fiable, el motor movido con electricidad resultaba el más lento y con menor autonomía de los tres, lo que al final resultaría clave para que se paralizara su evolución.

Sin duda alguna las más altas prestaciones posibles resultaban un factor importantísimo para la adquisición de un coche, el cual en muchas ocasiones se destinaba a un uso lúdico. Aunque posteriormente el uso del coche se popularizaría, hasta inicios del siglo XX los coches básicamente eran adquiridos por personas pudientes y amantes de la competición, interesándose por los modelos más rápidos, un argumento que todavía hoy se sigue utilizando a la hora de vender automóviles.

Este uso competitivo a la fin y al cabo resultó muy beneficioso para la evolución del automóvil, pues gracias a ello los fabricantes se esforzaron en montar motores más potentes y rápidos, a la par que ya por entonces se realizaron los primeros e incipientes estudios aerodinámicos. Todo, como se ha comentado, en aras de la máxima velocidad posible.

Dicho esto, el lector/a comprenderá que los registros de velocidad fuesen un factor importante, existiendo una época en que los vehículos eléctricos precisamente llevaron la delantera sobre los otros. Sin ir más lejos, fue un coche eléctrico el primero que sobrepasó la barrera de los 100 kilómetros por hora, cuyo récord se estableció el día 29 de abril de 1899 con una entonces increíble marca de 105,88 kilómetros por hora. Tal vehiculo se denominó "Jamais Contente" y estaba conducido por Camile Jenatzy.

Paralelamente, mientras que los industriales europeos posiblemente estaban más concentrados en ofrecer un vehiculo rápido a sus clientes, los empresarios norteamericanos ya empezaron a entrever la comercialización a gran escala de vehículos movidos con electricidad, apareciendo coches de marcas como Anthony Electric, Baker, Edison (sí, el mismo que inventó la bombilla) o Studebaker, logrando cierto éxito comercial antes de llegar al cambio de siglo.

Como no, los clientes "tipo" de estos vehículos pertenecían a la clase alta aunque no estaban enfocados a señores, sino precisamente a sus esposas, hijas y alguna que otra amante, las cuales también afectadas por el espíritu aventurero deseaban un coche fiable y fácil de utilizar. Realmente el coche eléctrico era mucho más fácil de domesticar que los de explosión , los cuales para arrancar necesitaban del esfuerzo humano accionando la manivela y convirtiéndose esta en una auténtica rompe-brazos por los imprevisibles tirones que el motor podía dar en ese momento.

Desafortunadamente los buenos vientos para el coche eléctrico pronto estaban a punto de apaciguarse, pues la introducción del arranque eléctrico en los vehículos con motor de explosión, el incremento de fiabilidad así como su popularización gracias al montaje en cadena de Ford provocaron que tanto el eléctrico como el de vapor quedaran relegados al olvido, cerrando la última fábrica que creaba coches eléctricos en el año 1930.

El abalizamiento de las marcas para construir coches con motor de explosión, pese a conocer que el combustible era finito, causó que los estudios para evolucionar un vehiculo movido con electricidad se vieran extraordinariamente ralentizados, aplicándose habitualmente este tipo de motores a utilidades industriales.

Solamente en aquellos vehículos en que la velocidad máxima no era su razón de ser se continuó aplicando este tipo de motor, siendo uno de los inventos más conocidos el típico cochecillo que circulan en los campos de golf que apareció por primera vez en 1954.







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