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Julio Verne y los ovnis del siglo XIX

Julio Verne y los ovnis del siglo XIXEntre 1896 y 1897, exactamente diez años después que Julio Verne publicara por primera vez su novela "Robur el conquistador", Estados Unidos se estremeció con la primera gran oleada de ovnis de la historia.

Es posible que la coincidencia de ambos hechos resulte meramente anecdótica para todas aquellas personas que creen ciegamente en la existencia de objetos volantes no identificados, aunque para las personas escépticas de este fenómeno dicha "oleada" tuvo algo que ver con la historia de Robur y su máquina voladora "Albatros" así como un tercer protagonista que por el momento dejamos en el anonimato.

Antes de iniciar el artículo en si comentar que damos por supuesto que usted conoce la novela "Robur el conquistador", siendo esta la razón por la que apenas nos pararemos a describir la trama o las principales características de sus protagonistas. De hecho solamente nos importa la similitud entre el "Albatros" y los ovnis del siglo XIX, las cuales como comprobará son sorprendentemente abundantes.

El primer incidente importante, y sin duda alguna el más dramático de todos, aconteció en el año 1897 en Texas (Estados Unidos) cuando ya desde hacia algunas semanas los habitantes de Aurora (Condado de Wise) eran testimonios de un singular espectáculo en el cielo, pues habitualmente pudieron observar extrañas aeronaves surcando el entonces plácido espacio aéreo.

No obstante, hacia las seis de la mañana del día 17 de abril uno de estos aparatos volaba mucho más cerca del suelo de lo que hacían normalmente. Perdiendo altura de forma progresiva acabó estrellándose contra un molino propiedad del juez de la localidad. La violencia del choque fue tan grande que los restos del vehiculo quedaron esparcidos en un radio de dos o tres hectáreas, llevándose por delante el molino, un deposito de agua y arrasando totalmente el jardín que hasta entonces existía alrededor.

Tras inspeccionar los restos, deducir que el vehiculo podía pesar varias toneladas y encontrar documentos escritos en un extraño lenguaje descubrieron el cuerpo de un ser horriblemente desfigurado, llegando a la conclusión que su aspecto no era el de ningún humano. Bastante más lejos llegó el señor T.J. Weems que ejercía de telegrafista del gobierno en aquella localidad, quien afirmó categóricamente que aquel cuerpo procedía de Marte. ¡Y se quedó tan tranquilo!

Ni que decir que los habitantes de la localidad hicieron su particular agosto en abril, pues gracias a que tal acontecimiento fue publicado por la prensa muy pronto empezaron a deambular por las inmediaciones del pueblo gran cantidad de curiosos, en esta ocasión tan humanos como usted o como yo.

Solamente tres días después de estos dramáticos acontecimientos sucedió un extraño encuentro en la tercera fase (bueno, de hecho todos los supuestos encuentros en la tercera fase son extraños, por lo que el adjetivo aquí es una redundancia…)

El día 20 de abril de 1897 un hombre llamado James Hooton se encontraba cazando en las inmediaciones de la localidad de Homan (Arkansas) cuando de pronto oyó un ruido semejante al que producía una máquina de vapor. Acercándose hacia donde había oído el estruendo y en el centro de un claro del bosque pudo ver apostada una nave. A destacar que la descripción que Hooton realizó de esta nave en determinados momentos recuerda a la del Albatros, pues tenía un aspecto parecido al de un cilindro con los extremos afilados, ruedas laterales y palas horizontales sobre su cuerpo.

Lejos que quedarse oculto entre los matorrales y con la seguridad que probablemente le daba tener una escopeta entre las manos se acercó al aparato, momento en el que distinguió a tres o cuatro ocupantes en su interior con los cuales entabló conversación. Entre otras cosas estos le comentaron que se trataba de una nave aérea que utilizaba aire comprimido como medio de propulsión. Tras esta charla los tripulantes entraron de nuevo en el vehiculo, giraron las ruedas y el aparato se alejó por los aires.

Pero este no seria el único caso de conversación técnica con los tripulantes de los "ovnis" en esta oleada, ya que dos días después otro artefacto desconocido aterrizó en Rockland. Con más curiosidad que miedo, uno de los testigos del aterrizaje llamado John M. Barkclay se acercó a la nave de la cual había descendido un ocupante. Entablando conversación como en el anterior caso dicho tripulante afirmó apellidarse Smith. Aunque inicialmente este apellido es ciertamente extraño para un marciano no lo es para la población de los Estados Unidos donde es muy común, comparable a los González o los Rodríguez en nuestro país. El testigo también preguntó al extraño personaje sobre su procedencia, aunque en esta ocasión la respuesta fue totalmente esquiva y solo le comentó que al cabo de dos días esperaba sobrevolar Grecia.

Pero ambos no solo hablaron de heráldica o destinos turísticos, sino que el ocupante le solicitó al sorprendido testigo algo de aceite lubricante, sulfato de cobre y un cortafríos, herramienta que habitualmente se utiliza para cortar chapa en frío mediante golpes de martillo. Viendo que el buen hombre no tenia nada de eso, le entregó un billete de diez dólares para que adquiriese dichos materiales en tiendas de la población, indicándole que podía quedarse el cambio como pago por las molestias ocasionadas.

Lamentablemente la narración de la historia se termina aquí y descocemos si el señor Barcklay cumplió o no las ordenes del rumboso tripulante de la nave. No obstante, incluso incompleta la historia es realmente curiosa al ofrecernos la imagen de un "extraterrestre" de lo más pintoresco que no solamente utilizaba herramientas sencillas sino que también disponía de dinero local.

La vinculación de estos casos a un origen extraterrestre no fue más que el producto de un histerismo colectivo al observar máquinas voladoras por entonces desconocidas y la lectura de novelas de aventuras como "Robur el conquistador". Si a todo ello le sumamos el sensacionalismo de diferentes periódicos y la poca formación de algunos periodistas en temas técnicos encontraremos la clave de esta misteriosa oleada de ovnis del siglo XIX.

De hecho el término ciencia-ficción como género literario popular todavía tenía que nacer, siendo su inmediato antecesor el género aventurero característico de Julio Verne, cuyas narraciones se encontraban repletas de datos técnicos, máquinas sorprendentes para la época y personajes misteriosos con ganas de comerse el mundo. No es gratuito recordar que la primera historia de ciencia-ficción con todas las de la ley fue "La guerra de los mundos" de H.G. Wells, la cual se publicaría solamente un año después de estos extraños acontecimientos.

A pesar de ello, y si hemos de fiarnos de los testimonios que afirmaron no solamente ver de cerca estas naves sino que incluso pudieron hablar con sus tripulantes, podemos deducir ciertos detalles que expresamente hemos pasado por alto y que sitúan el origen de estas naves en la corteza terrestre.

Por una parte ninguno de los testimonios describe a los tripulantes de las naves como seres extraños, con lo cual la carencia de detalles sobre su rostro, constitución física o vestiduras nos hacen pensar que son absolutamente normales para la época. En este aspecto solo uno de los testimonios se extrañó por las gafas oscuras que uno de estos extraños personajes utilizaba, siendo este el detalle que más lo sorprendió de su imagen.

Aunque exóticas para la época, si este testimonio se hubiera entretenido a leer un poco de historia universal hubiera comprobado que las gafas oscuras ya existían en la China del siglo XII y eran utilizadas durante los juicios. La finalidad de usar cristales oscuros no era decorativa sino que las empleaban los jueces a fin de ocultar la expresión de su ojo, no dando así ningún tipo de pista sobre su decisión final. En occidente el británico James Ayscough empezó a experimentar con lentes oscurecidas para corregir problemas de visión en el siglo XVIII y ya en los primeros años del siglo XX las estrellas cinematográficas empezaron a utilizar gafas oscuras.

Ahora bien, la pregunta que todavía queda por responder es: ¿De donde surgieron las naves en aquellos años previos a la aviación?

Por los datos que nos proporcionaron los testimonios encontramos similitudes con la nave de Robur, siendo esta una de las únicas referencias populares que podían utilizarse a la hora de describirse un artefacto similar. "Dueño del Mundo", la secuela de la novela donde aparece otra misteriosa máquina voladora obra de Robur no se publicó hasta siete años después. No obstante, mirado desde una perspectiva histórica, todo apunta a que aquellos extraños artefactos se trataban de simples dirigibles o zeppelins, algo que a un ciudadano de las postrerías del siglo XIX le era tan extraño como para nosotros podría serlo la nave "Enterprise" de Star Trek.

El Zeppelín fue patentado el día 31 de agosto de 1895 por el conde alemán Ferdinand von Zeppelín, quien inicialmente diseñó el vehículo para finalidades militares. El dirigible no solamente podía tener grandes dimensiones sino que además podía transportar una gran cantidad de material incluyendo bombas. Ello fue una triste realidad durante la Primera Guerra Mundial cuando Alemania utilizó dirigibles para bombardear Paris y Londres, permitiendo además cruzar grandes distancias hasta llegar a su objetivo y siendo los precursores de los bombarderos pesados.

La cola de pescado (estabilizadores de cola), la silueta alargada en forma de puro y terminada de forma aguda refuerzan la idea que se tratase de dirigibles experimentales. Aunque no se puede descartar que tuvieran su origen en Alemania invadiendo un espacio aéreo apenas controlado, lo más probable es que fuesen prototipos militares norteamericanos que seguían las ideas de los ingenieros Zeppelín o David Schwarz.

Tanto uno como otro supuesto explicaría la prudencia de sus ocupantes en desvelar su identidad o intenciones, aunque su ego así como la necesidad de ayuda técnica no pudiera ocultar cierto orgullo por la máquina en sí. Tampoco hay que descartar la iniciativa privada, tratándose de personas que gracias a los libros de Julio Verne soñaron en máquinas voladoras y las intentasen hacer realidad no sin correr serios riesgos como el accidente que causó destrozos en la granja del juez al utilizar un gas no solamente altamente inflamable sino que encima era capaz de explosionar.

Finalmente comentar que la imagen que ilustra este artículo corresponde a una ilustración irónica de la época y aparecido en un periódico de Nebraska.

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