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Autómatas, robots anteriores al siglo XX

El automata de Leonardo Da VinciYa desde muy antiguo, uno de las principales ambiciones del ser humano ha sido crear seres parecidos a él y que lo descargaran de trabajos rutinarios y /o pesados.

Dicho anhelo, tanto en la literatura de ciencia ficción como en las producciones cinematográficas realizadas en el último siglo, se ha plasmado como una máquina androide de características similares a las humanas, la cual en muchas ocasiones (y de aquí el origen al "temor" a los robots androides), se han rebelado contra sus creadores. Las películas son especialmente dadas a mostrarnos el héroe de turno luchando a brazo partido contra una malévola máquina que quiere hacer picadillo a toda la humanidad y comérsela con patatas.

En este inicio de siglo XXI nuestro quehacer diario se encuentra totalmente rodeado de robots, aunque ninguno tiene el aspecto que la imaginación de los guionistas nos ha sugerido. La definición de robot es tan amplia que lo mismo define un disco volante en miniatura que se dedica a barrer el suelo que una máquina especializada en soldar piezas de coche, pasando por programas informáticos que su principal finalidad es la de recopilar datos en Internet.

El robot del estilo androide sugerido por los profesionales del cine se encuentra algo lejos de nosotros, siendo hoy por hoy los estudios de compañías japonesas como Honda lo más cercano a este hipotético futuro. Su genial ASIMO de momento se muestra algo torpe aunque sus promotores se esfuerzan por hacerlo interactuar con el mundo real de los humanos, o lo que es lo mismo, aprendiendo a abrir y cerrar puertas, subir y bajar escaleras o tomar objetos con las manos, quedando el hecho de ir a comprar un refresco a la tienda de la esquina todavía reservado al futuro.

Pero quedémonos por ahora en esta visión clásica del robot, preguntándonos en que se basaron los escritores de la época para dar forma humana a estos personajes de ficción.

Lo cierto es que resulta sorprendente que las primeras referencias históricas de máquinas "androides" se remonten ya al antiguo Egipto de los faraones y sus pirámides, época en la cual dicha civilización erigió estatuas a sus dioses y que estaban dotadas de movimientos. Como si una mala película de serie B se tratase, el único objetivo de estas estatuas era atemorizar e infundir respeto a los fieles, siendo su movimiento activado por los propios sacerdotes de los templos. Si a ello añadimos que estas representaciones podían desprender fuego a través de los ojos, comprenderemos que los fieles no tuvieran demasiadas ganas de conocer si se trataba de una divinidad o de una simple representación.

Este aspecto religioso de los "autómatas" se trasladó a la Grecia clásica, donde ya se podría hablar de auténticas máquinas pues su movimiento no era producto gracias al esfuerzo humano sino a través de principios hidráulicos. Asimismo, debido a una mentalidad algo más abierta, el uso de estas representaciones pasó a ser lúdico, realizándose una gran cantidad de autómatas de todas clases, algunos de los cuales imitaban tanto a aves como su canto. Uno de los principales creadores se llamó Archytas, el cual vivió a caballo entre el cuarto y tercer siglo antes de Jesucristo, siéndole atribuido la invención del tornillo, la polea y un curioso artefacto que imitaba una paloma capaz de volar propulsada gracias al empleo de vapor.

Ya en el primer siglo de nuestra era, el ingeniero Herón de Alejandria dejó escritas sus enseñanzas sobre como construir diversos autómatas, las cuales heredó de sus antepasados. Ello choca bastante con la imagen poco tecnificada que actualmente tenemos de la Grecia clásica, la cual nos imaginamos bastante menos sofisticada de lo que realmente era.

Tras un paréntesis de algo más de mil años (bastante ocupados estaban los romanos con los bárbaros como para encima construir androides), la figura de los autómatas no aparece hasta el siglo XVIII cuando el teólogo, filósofo y científico Alberto Magno (beatificado en 1622 y canonizado en 1931) se le atribuyó la invención de un autómata de hierro. Tras un trabajo de treinta años, las crónicas de la época relatan que ese artilugio era capaz de andar, abrir puertas y saludar a los invitados de la casa. Otras fuentes van más allá y le atribuyen otras tareas caseras. Desafortunadamente del artefacto nada más se supo, aunque según la tradición fue mandado destruir por San Tomás de Aquino quien estaba convencido que el diablo había influenciado su construcción.

Paralelamente al autómata de Alberto Magno, en el mundo árabe de la época destacaba otra figura llamada Al-Jaziri, un inventor al cual se le atribuye la invención del cigüeñal y de relojes movidos mediante la acción de pesos. Dicho inventor estuvo interesado en la creación de autómatas e incluso escribió su obra "El libro del conocimiento de los ingeniosos mecanismos", considerado hoy en día uno de los escritos más importantes de la historia de la tecnología.

El siguiente punto y aparte de la historia de los autómatas está protagonizado por Leonardo Da Vinci (1452-1519), quien diseñó dos autómatas aunque solamente construyó uno. Esta máquina se realizó como encargo del rey Francis I para agasajar, y de paso como quien no quiere la cosa facilitar las conversaciones de paz con el Papa León X. El androide imitaba a un león que, tras dar varios pasos abría su pecho donde se hallaban lirios. A comentar que tanto el león como los lirios simbolizan la ciudad de Florencia, dejando totalmente absorto al santo padre.

El otro androide (en la imagen) diseñado por Da Vinci fue construido no hace demasiados años siguiendo escrupulosamente las instrucciones de su inventor, funcionando todos sus mecanismos a la perfección.

Ya en el siglo XVIII aparece en escena Jacques de Vaucanson, un inquieto relojero que además sentía auténtica pasión por la música, la anatomía y la mecánica. A pesar que sus aficiones eran francamente dispares, tuvo el mérito de unirlas creando un autómata que representaba un pastorcillo (a tamaño real) capaz de interpretar diversas melodías con su flauta.

No obstante, este buen hombre fue famoso por la creación de un pato mecánico que además de batir las alas y comer grano contaba de aparato digestivo artificial, pasando por todas las fases y terminando por la defecación. Desafortunadamente para el ingeniero se descubrió que esta última acción era un fraude, pues el grano que el "pato" comía se depositaba en un compartimiento, saliendo por el ano una materia parecida a excremento que previamente se había insertado. Cansado de sus creaciones acabó vendiéndolas.

Coincidiendo en el tiempo, en ese siglo apareció el primer autómata "escritor" inventado por Friedrich von Knauss (1724-1789), siendo una figura capaz de escribir en una hoja en blanco, mojar la pluma en la tinta y pasar la página cuando se encuentra escrita.

Pero si interesantes fueron las creaciones de estos ingenieros, en aquella época destacó Pierre Jaquet-Droz, el cual durante su vida fabricó los autómatas más famosos del ese siglo, causando un gran asombro entre reyes y emperadores tanto de Europa como de China, India y Japón.

Uno de ellos fue capaz de tocar el órgano pulsando las teclas con los dedos, inclinar el cuerpo, respirar y al final de cada tema hacer una solemne reverencia, contando la figura con un total de dos mil quinientas piezas. Otro de sus autómatas famosos realizaba cuatro dibujos diferentes y otro escribía, simulando los movimientos típicos de un escritor como seguir con los ojos las líneas.

Como usted habrá podido suponer, la gran mayoría de estas máquinas se dirigían siempre al aspecto lúdico, siendo mostradas ya sea ante personas influyentes de la época como en espectáculos a partir del siglo XIX. No fue hasta el siglo XX en que escritores de ficción empezaron a soñar con una máquina androide al servicio del hombre y realizando tareas concretas.

Como curiosidad, y para cerrar este ar´ticulo, indicar que no fue hasta 1921 cuando el escritor checo Karel Capek en su obra "Rossum´s Universal Robots / R.U.R." acuñó el nombre "robot", el cual significa servidumbre o trabajo forzado.

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